Por momentos pensamos que todo está perdido, que ya no vale la pena esforzarse por hacer el bien. El individualismo, el sufrimiento, las desigualdades... parecieran tener la última palabra, a veces creemos que ya no hay nada más que hacer.
Desde mi experiencia puedo decir que nunca nada está perdido del todo, siempre podemos volver a empezar. El testimonio de tantas personas que se empeñan cada día por construir un mundo más humano y solidario, nos viene a decir que tenemos que seguir confiando en la fuerza del corazón.
Desde mi vocación de educadora descubro en mi trabajo cotidiano la posibilidad de generar experiencias que nos muevan a salir de nosotros e ir al encuentro de los demás. Nuestras comunidades pueden y deben ser un espacio para crecer en humanidad.
Hagamos nuestras las palabras expresadas en la canción de Fito Páez, no nos demos por vencidos, una y otra vez ofrezcamos nuestro corazón.

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